viernes, 29 de abril de 2016

Incertidumbre social

En esta época de armas nucleares sobredimensionadas, (tan sólo una de las existentes podría acabar con nuestra civilización), de superordenadores, súper navíos, súper trenes y súper aviones, parece ser que hemos de aparentar súper fuerza. La prepotencia domina nuestra sociedad.

Pero… si somos realmente sinceros, la realidad imperante es la impotencia. Ni el más duro de los mortales se queda impasible ante la mirada de un pobre niño que te pide limosna. El hombre metió la mano en el bolsillo, pero sin embargo, ante tanta explotación reinante, dudó  de su acto porque, ¿Dónde irá el dinero?. ¿A una organización perfectamente camuflada que explota a esos niños, utilizándolos para dar esa imagen triste?.

Elegiré un canal más adecuado para aportar esos fondos, pensó. Y enseguida le vino a la mente: ¿cuánto de este dinero llegará realmente a los niños necesitados?. ¿Cuanto se queda en una organización gigantesca, con gastos de representación regida por gente sobrada, incapaz de conocer las verdaderas realidades?.

Y el dinero, tras unos instantes de reflexión, se quedó en su bolsillo, recordándonos a aquel bravucón: “miró al soslayo, caló la espada, fuese… y no hubo nada”.

La sociedad, los usos y costumbres, la picaresca, una vez más, abortaron un principio de solidaridad en el hombre. Ante los ojos de los demás parecerá que era cruel, impasible, o prepotente. En realidad fue la impotencia…

Aún sumido en sus pensamientos, subió al ascensor, que estaba lleno. Frente a él un letrero: “prohibido fumar”. Una persona fumaba, sin el menor pudor. Nadie dijo nada.

Al llegar a su mesa de trabajo encontró una nota, convocándole a una reunión. Cuando llegó a la sala, pequeña, vio que eran 10 los convocados. Cuatro no fumaban. El resto sí. Cuando le tocó exponer, lo hizo de forma brillante. Dominaba el tema, era contundente. ¿Prepotencia?. El se tuvo que tragar todo el humo, entre otras cosas. La verdad, más bien era impotencia.

Por la tarde, a última hora, estaba convocado a dar una conferencia, en otro local. Salió, sin prisas y con tiempo suficiente, tomando su coche y enfilando la ruta que le llevaba a su destino. Una manifestación, incivilizada, fuera de sus cauces, originó un atasco insalvable que duró tres horas. No pudo llegar a tiempo a su destino y no llevaba el móvil. Los asistentes, cansados de esperar, tacharon esta falta como prepotencia… cuando en realidad era impotencia.


La ciudad actual, la gran urbe, es incómoda, fría y egoísta. Sobrevivir en ella parece requerir prepotencia… pero genera impotencia.

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