En esta época de armas nucleares sobredimensionadas, (tan sólo una de las
existentes podría acabar con nuestra civilización), de superordenadores, súper
navíos, súper trenes y súper aviones, parece ser que hemos de aparentar súper
fuerza. La prepotencia domina nuestra sociedad.
Pero… si somos realmente sinceros, la realidad imperante es la impotencia.
Ni el más duro de los mortales se queda impasible ante la mirada de un pobre
niño que te pide limosna. El hombre metió la mano en el bolsillo, pero sin
embargo, ante tanta explotación reinante, dudó de su acto porque, ¿Dónde irá el dinero?. ¿A una organización
perfectamente camuflada que explota a esos niños, utilizándolos para dar esa
imagen triste?.
Elegiré un canal más adecuado para aportar esos fondos, pensó. Y enseguida
le vino a la mente: ¿cuánto de este dinero llegará realmente a los niños
necesitados?. ¿Cuanto se queda en una organización gigantesca, con gastos de
representación regida por gente sobrada, incapaz de conocer las verdaderas
realidades?.
Y el dinero, tras unos instantes de reflexión, se quedó en su bolsillo,
recordándonos a aquel bravucón: “miró al soslayo, caló la espada, fuese… y no
hubo nada”.
La sociedad, los usos y costumbres, la picaresca, una vez más, abortaron
un principio de solidaridad en el hombre. Ante los ojos de los demás
parecerá que era cruel, impasible, o prepotente. En realidad fue la impotencia…
Aún sumido en sus pensamientos, subió al ascensor, que estaba lleno. Frente
a él un letrero: “prohibido fumar”. Una persona fumaba, sin el menor pudor.
Nadie dijo nada.
Al llegar a su mesa de trabajo encontró una nota, convocándole a una
reunión. Cuando llegó a la sala, pequeña, vio que eran 10 los convocados.
Cuatro no fumaban. El resto sí. Cuando le tocó exponer, lo hizo de forma
brillante. Dominaba el tema, era contundente. ¿Prepotencia?. El se tuvo que
tragar todo el humo, entre otras cosas. La verdad, más bien era impotencia.
Por la tarde, a última hora, estaba convocado a dar una conferencia, en
otro local. Salió, sin prisas y con tiempo suficiente, tomando su coche y
enfilando la ruta que le llevaba a su destino. Una manifestación, incivilizada,
fuera de sus cauces, originó un atasco insalvable que duró tres horas. No pudo
llegar a tiempo a su destino y no llevaba el móvil. Los asistentes, cansados de
esperar, tacharon esta falta como prepotencia… cuando en realidad era impotencia.
La ciudad actual, la gran urbe, es incómoda, fría y egoísta. Sobrevivir en
ella parece requerir prepotencia… pero genera impotencia.

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