lunes, 25 de abril de 2016

Mis perros

Menos mal que tengo perros. Actualmente uno, Saffie, una perrita de mediano tamaño, muy buena perrita y excelente para estar pendiente de lo que puede ocurrir fuera de casa. Es muy cariñosa, sonríe mucho y es muy buena compañera, aunque va a su bola cuando le place. Y Cooper, de mi hijo, pero que está mucho en casa y es uno más de la familia.

Pero no puedo evitar recordar a los dos anteriores. Eran dos labradores, muy distintos pero adorables. Palma era inquieta, poco compañera, traviesa, aún a pesar de sus años, pero encarnaba la diversión. Tenía, además, una carita de muñeca que llegaba a embelesar. Yo siempre digo que si tuviese que hacer unos modelos de peluches, el de Palma sería como una muñeca que te cautive, y Dandi sería la cabeza de perro bonita y majestuosa.

Porque Dandi era otra cosa. Era la antítesis de Palma. Tranquilo, bonachón, aparentemente algo vago, aunque esto sea tal vez por el problema de su pata delantera izquierda, operada en su primer año de vida por un golpe contra un muro, como no, por seguir a la traviesa de Palma que, con un año más que Dandi, saltó el muro sin dificultad. Dandi la quiso seguir y sus patas delanteras tropezaron con el muro que no pudo alcanzar. En los cambios de tiempo, Dandi se vuelve algo más perezoso y se chupa constantemente la pata operada, señal inequívoca de que le molesta o le duele. Dandi era un auténtico ejemplar de Labrador: una cabeza preciosa, grande y fuerte. Además con  una mirada dulce. Sin embargo, salvo cuando salía a la calle, que al regresar cambia totalmente su semblante, pocas veces le veías “sonreír”. Parecía muy serio, y además le encantaba echarse en el suelo aplastado, con las patas delanteras por delante de su cabeza y tan aplastado que yo solía decirle “el lenguado”. Puede estar horas así. También tiene gracia la postura opuesta: a veces se duerme echado sobre su lomo, con las patas traseras abiertas, la cara al revés y los labios le cuelgan de forma que parece un besugo. Debe tener vocación de pescado. Otra de las cosas de Dandi es que cuando llega alguien de la calle, uno de nosotros, se pone tan contento que se revuelca en el suelo, panza arriba, que recuerda a los caballos cuando se rascan en el campo.

Palma no puede estarse quieta. Apenas duerme profundamente, (los perros nunca duermen profundamente, siempre tienen un ojo alerta), y cambia constantemente de lugar. En cambio, venía  de vez en cuando a que le hagas mimos. Se acerca, y si le rascas la cabeza, ronronea. ¿Acaso fue gato anteriormente? Palma sí se ríe, si es que los perros hacen eso, e incluso llegaba a parecer irónica. Era feliz cuando ve a toda la familia junta, y tiene una bonita costumbre: colocarse entre las piernas de su amo pequeño, bajo la mesa, mientras él estaba comiendo. Palma era muy lista, avispada, y solo perdía la compostura cuando existe la perspectiva de obtener comida. En ese caso, ni se da cuenta de lo que hace, sólo espera comer.

Resulta igualmente antagónica la actitud de ambos ante una propuesta de comida condicionada. Es decir, les haces el ejercicio de ponerles en el suelo alguna pieza de comida que les guste, pero con la prohibición de comerlo hasta que no se les de la orden. (Estaban bien educados). Dandi se quedaba  mirando a la comida, fijo, como hechizado o hipnotizado, hasta que le das la orden de que ya se lo puede comer. Es incapaz de separar la vista de la comida, incluso a pocos centímetros de su boca: no la tocará, pero es incapaz de quitarle la vista de encima al manjar. ¿Y Palma?. Justo lo contrario. Como es mucho más traviesa, no debe fiarse mucho de ella misma y ¡es incapaz de mirar hacia la comida! Mira hacia arriba, hacia un lado, pero jamás a la comida, aunque se lo digas. Eso sí, en cuanto les das la orden de comerse lo que está en espera, se da buena prisa.

Así son mis perros. No pueden hablar, pero están ahí. Se alegran cuando llegas y no te guardan rencor por las horas que les has dejado solos. Les hablas y parece que te ignoran, pero sientes que te reconforta decirles algo. Vienen y te dan un beso, (un lametón), y regresan nuevamente a seguir durmiendo.


En el caso de Palma y Dandi, como escribo cuando ya no están, son recuerdos de hace unos años. Cuando eran mayores tenían sus problemas de mayores, (como todos), pero nunca dejaban de ser ellos y estar ahí. No hay nada más fiel y amoroso. A veces me pregunto qué pensarán y, sobre todo…¿dónde irán después de esta vida?. Seguro, seguro, que existe un cielo para perros.

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