viernes, 24 de junio de 2016

El calendario gregoriano

El actual calendario gregoriano es actualmente utilizado de manera oficial en casi todo el mundo, y vino a sustituir en 1582 al calendario juliano, utilizado desde que Julio César lo instaurara en el año 46 antes de Cristo. El nombre de gregoriano proviene de que su promotor fue el papa Gregorio XIII.

La base del cambio provino de un estudio realizado por científicos de la Universidad de Salamanca en 1578 que se envió a la Iglesia, donde se encontró que un año en la Tierra tarda, además de los 365 días, otras 5 horas, 48 minutos y 48 segundos más en dar la vuelta al sol, lo que supone que cada 4 años se acumulaba un atraso de casi un día. En consecuencia, y con muy buen criterio, Julio César mandó añadir un día al año cada cuatro años, naciendo así el año bisiesto. Lo de bisiesto viene de "sexto de las calendas", que como era dos veces sexto se le llamó bisiesto.

De esta forma, la compensación del error es bastante buena. Sin embargo, hasta Julio César no se había aplicado el año bisiesto y, desde Julio César en adelante, el criterio de los años bisiestos era el inicialmente mencionado.

Si hubieran sido seis horas justas lo que excedía, el cálculo hubiera sido perfecto, pero al sobrar 11 minutos cada año, que son casi un día cada 100 años con el anterior esquema del año bisiesto, hubo de hacerse una compensación adicional, bastante aproximada y muy inteligente, que consistió en que cada cuatro años uno de ellos no se hacía bisiesto, y como criterio se tomó el siguiente: cada años de centena, los divisibles por 4 en sus 2 primeras cifras de la centena, son bisiestos, pero no los otros tres, de forma que, por ejemplo, en 1600 fue bisiesto, pero no lo fueron ni 1700, ni 1800, ni 1900, y si que lo fue el 2000.

La reforma gregoriana nace de la necesidad de llevar a la práctica uno de los acuerdos del Concilio de Trento: ajustar el calendario para eliminar el desfase producido desde el primer Concilio de Nicea, celebrado en 325,3 en el que se había fijado el momento astral en que debía celebrarse la Pascua y, en relación con esta, las demás fiestas religiosas móviles. Lo que importaba, pues, era la regularidad del calendario litúrgico, para lo cual era preciso introducir determinadas correcciones en el civil. En el fondo, se trataba de adecuar el calendario civil al año trópico.

En el Concilio de Nicea se determinó que la Pascua debía conmemorarse el domingo siguiente al plenilunio posterior al equinoccio de primavera en el hemisferio norte (equinoccio de otoño en el hemisferio sur). Aquel año 325 el equinoccio había ocurrido el día 21 de marzo, pero con el paso del tiempo la fecha del acontecimiento se había ido adelantando hasta el punto de que en 1582, el desfase era ya de 10 días, y el equinoccio se fechó el 11 de marzo, a todas luces inexacto.

El desfase provenía de un inexacto cómputo del número de días con que cuenta el año.  Según el calendario juliano que instituyó un año bisiesto cada cuatro, consideraba que el año trópico estaba constituido por 365,25 días, mientras que la cifra correcta es de 365,242189, o lo que es lo mismo, 365 días, 5 horas, 48 minutos y 45,13  segundos. Esos minutos de más contados adicionalmente cada año habían supuesto un error acumulado de aproximadamente 10 días en los 1257 años que mediaban entre el año 325, (Concilio de Nicea) y 1582, tras el Concilio de Trento.  Teniendo en cuenta esos 1.255 años que habían pasado desde el año 325, (calendario juliano), hasta 1582, (calendario gregoriano), había que restar 10 días a la fecha actual, para lo cual se hizo lo siguiente: quitar los diez días en Octubre de ese año, por lo que desde el 4 de Octubre se pasó al 15 de Octubre. El año 1582 tuvo diez días menos.

El calendario gregoriano ajustó este desfase cambiando la regla general del bisiesto cada cuatro años, y hace que se exceptúen los años múltiplos de 100, excepción que a su vez tenía otra excepción, la de los años múltiplos de 400, que sí eran bisiestos. La nueva norma de los años bisiestos se formuló del siguiente modo: la duración básica del año es de 365 días; y serán bisiestos (es decir tendrán 366 días) aquellos años cuyas dos últimas cifras son divisibles por 4, exceptuando los múltiplos de 100 (1700, 1800, 1900..., que no serán bisiestos), de los que se exceptúan a su vez aquellos que también sean divisibles por 400 (1600, 2000, 2400..., que sí serán bisiestos). El calendario gregoriano es mucho más exacto, ajustando a 365,2425 días la duración del año.

Todavía hay algunas diferencias, ya poco significativas, que obligaría a hacer un ajunte dentro de unos miles de años, por lo que nuestro actual calendario gregoriano es universalmente aceptado.


Este post es una ampliación, con mayor detalle, de mi post “El año bisiesto” de fecha 10 de Agosto de 2015.

martes, 21 de junio de 2016

La falta de ideas

Esta mañana el día estaba gris, algo oscuro, y encendí la luz junto al ordenador. La luz natural no era suficiente.

Estaba pensando como el fin del siglo XX estuvo marcado por una falta de ideas y de imaginación notables. No es solo el fin de siglo en el sentido estricto de la palabra: a estas alturas es una sequía de más de 20 años.

Se pasó desde la fructífera etapa desde los años 60 y los 80 a la atonía de los 90, y ya a una sequía total de los últimos años del milenio que, por extensión y herencia, sigue en los inicios del siglo XXI.

No está en el propósito de este post hablar de los logros del recién terminado siglo XX, que fueron muchos, especialmente en la parte central del mismo, sino en el vacío de las dos últimas décadas, marcadas por el temor, la falta de ideas y en una sociedad basada en los criterios económicos.

La consecuencia inevitable es la imitación o la reedición. Se imita todo o se resucitan mitos o modelos del pasado, especialmente de los 60 y los 70’s, cuando no aún más allá.

La música, la moda, los automóviles, se basan en el tercer cuarto del siglo XX. Renacen modelos de la época o se crean otros nuevos inspirados en ellos.

Pero lo que me parece más triste no es la falta de ideas, sino el “orgullo” de la retrocesión. Parece un magnífico reclamo el decir “inspirado en los 60, o en los 70… Es una pena.

Cuando se recurre al pasado es que no existe un presente. Al menos no un presente interesante. Pero si en lugar de avergonzarnos o intentar crear y dar vida, nos enorgullecemos de buscar en el pasado para resucitarlo… algo serio ocurre en nuestra sociedad.

Claro que siempre existe algo peor… y también lo hemos logrado. Hemos conseguido que lo espiritual sea caduco, cuando es lo único que puede llevarnos a la fertilidad en las ideas.

Desafortunadamente, el alma es más creativa cuanto más sufre. Las mejores obras se han escrito en situaciones límite, y casi siempre los mejores poemas, incluso de amor, surgen del sufrimiento del espíritu.

Tal vez las dos guerras mundiales y especialmente la segunda, por su barbarie, propiciaron la creatividad de las dos décadas siguientes. Movimientos que buscaban en la música y en la libertad, (mejor o peor entendida en algunos casos), una salida al miedo.

Pero era una generación creativa. El temor puede dar lugar a una creatividad inusitada, tal vez en aras de la búsqueda de la tranquilidad o la liberación del mismo. Un hippie cree en algo, aunque sea la naturaleza, el amor libre y las drogas.

Pero cuando una sociedad se basa en criterios económicos las consecuencias son, cuanto menos, de pasividad y temor sin reacción. No hay creencias, no hay creatividad, y para seguir viviendo se recurre a lo que se tiene más a mano, volver a los años creativos.

Pero lo que se recrea no crea, y espíritu se hace baldío, buscando en el pasado sin crear el presente.

El hombre parece decir ¿para qué?, en medio de un fatalismo nacido de los criterios económicos, por otra parte volubles y sin razones lógicas, que sólo te hace esperar. Con estos criterios todo es efímero y muy temporal. Ya no existe el trabajo como un bien estable, con lo cual tampoco se puede plantear un futuro.

La familia, basada en criterios económicos, no se plantea una continuidad. Ambos trabajan, en parte por necesidad ante la precariedad de los empleos actuales, y en parte por la propia concepción, de cortas miras y duración, del matrimonio o unión temporal. Si apenas confían en la duración de la unión, apenas se plantean continuar la descendencia, agravado además por la mencionada precariedad laboral.

Con este panorama, sin perspectivas, no existe el concepto de familia, al menos en su verdadera acepción. El mundo se torna nihilista y, casi sin quererlo, epicúreo. El culto al cuerpo, cuando es excesivo, llega a la aberración.

Ante la negación de todo, la rebelión es total. Nada de lo que me han dado me gusta, y por tanto hay que combatirlo. No hay creencias verdaderas, no me gusta mi cuerpo, (y por tanto, lo cambio): tatuajes, piercings, y gimnasio brutal o culturismo, en su acepción inicial, y escalando llegamos al juego de ser Dios, cambiando todo aquello que no nos gusta de nuestro cuerpo, e incluso al cambio de sexo.

¿Y el alma?. Parece bastante triste que nadie opte por cambiar lo fundamental, la base de todo el inconformismo, nuestro yo real, y no el envoltorio.

Al menos en los años “dorados” a los que ahora se recurre, existía la búsqueda de lo espiritual. Tras un sustrato de drogas muchas veces y del amor libre, subsistía una búsqueda espiritual, errónea o acertada en sus formas, del amor. El cuerpo era solamente la envoltura.

Esa es la gran diferencia. Hoy no se busca lo espiritual, ni el amor. Sólo el culto al cuerpo y, a base de embrutecernos, las actuales generaciones no crean, no pueden crear, y recurren al pasado. Y el propio nihilismo ha hecho volcar los intereses hacia lo económico en forma desmesurada. Siempre ha habido intereses económicos, siempre ha habido guerras y siempre ha habido terrorismo.

Pero antes el interés por lo económico era sólo para la supervivencia, las guerras eran muchas veces por motivos religiosos o de ideales, y el terrorismo para libertar naciones, regiones o ideales.

Hoy, todo tiene el mismo fin: un fin económico, alrededor del cual se crean las guerras, se mueven los actos terroristas y lo económico tiene tanta potencia como para reordenar el mundo.

Los roles de las naciones no se establecen por su potencial real de creación o producción, sino por las conveniencias del “orden económico mundial”, que puede relegar a unas naciones a unos roles que no son los suyos, solo porque así conviene a la economía “mundial”.

Y nadie crea nada. ¿Para qué?. Antes de escribir esto me planteaba porqué existe esta escasez de ideas, pero al ir desgranado el escrito he encontrado la respuesta. ¿Para qué crear?.

Sólo la tecnología sigue su curso, únicamente porque ayuda a moldear el universo basado en la economía que hemos creado.

El ordenador sigue su camino imparable. Cada vez hace más cosas y tiene mayor poder de decisión. Negroponte decía recientemente que pronto tendrá la inteligencia o capacidad de un niño de unos cinco años.

Aunque sea en contra de mi voluntad, ya que creo firmemente en las ideas y en el espíritu frente al materialismo y el culto al cuerpo, casi podría decir que, a la vista de cómo lo hacemos los humanos, aquello de que ojalá llegue pronto el ordenador a ser adulto, a ver si, aunque tampoco tenga espíritu, tal vez sea capaz de gobernar mejor el mundo que nosotros.

Porque al menos, y eso es seguro, sus criterios no serían únicamente económicos…

Al rememorar todo aquello había renacido en mí con fuerza las ganas de investigar sobre la falta de ideas, y de escribir sobre sus causas. Y por eso este post.

El día aún seguía gris, pero el avance de la mañana parecía hacerlo algo más luminoso. ¿O era el haber puesto en orden las ideas lo que me hacía verlo así?.

Apagué la lámpara que estaba junto al ordenador: La luz de la ventana era ya suficiente. Realmente había más luz fuera… y también dentro de mi mismo.


Contrastaba con la fuerte nevada de ayer en la carretera cuando volvía a casa. Era tan intensa que apenas se veía a cincuenta metros. Y a pesar de ello, y del posible peligro, lo cierto es que era precioso, visto con otros ojos, claro.

domingo, 19 de junio de 2016

Reflexiones

Llovía suavemente, apenas sin molestar. Por un momento, levanté la vista hacia el cielo.  Estaba en casa, frente a la ventana, en una sencilla mañana de invierno.

La mañana invitaba a la reflexión. Hay cosas que nunca cambiarán, me decía para mis adentros, pero el hombre ha sabido, durante años, ir cambiando el devenir de la historia. No ha podido controlar los agentes de la naturaleza, las catástrofes naturales, pero hemos avanzado de forma notable, y la vida actual no se parece en nada a la de hace unos siglos.

Bien es cierto, me decía a mí mismo, concentrado en mis pensamientos, que parecían encajar a la perfección con el gris de la mañana invernal, que tampoco hemos sido capaces de cambiar lo que sí que estaba realmente en nuestras manos hacerlo. Y pensaba en las guerras, y en asesinatos, y en el hambre del mundo… ¿realmente hemos cambiado?

Volví a mirar por la ventana… el tono parduzco del cielo, la lluvia tenue e implacable no me animaba a seguir pensando en forma más positiva. Sin embargo frente a mí, cerca de la ventana estaba mi ordenador, y al mirarlo no pude evitar una mueca. Ayer parecía que me sonreía y hoy me parece una pantalla hosca, sin gracia.

Es curioso, pensé, lo distinto que puede parecer el entorno, e incluso el ánimo, tan sólo por un cambio meteorológico… Las fases de la luna, los cambios en las manchas solares, los cambios de tiempo, influyen en nuestro ánimo, desde la noche de los tiempos. Somos muy frágiles, pensé.

Entonces pensé en Cervantes, en Shakespeare, y los imaginaba escribiendo con sus plumas y quedándose sin tinta justo en el momento en que gozaban de un momento álgido de inspiración.

Mi sonrisa se tornó en risa. Como a mí me gusta tanto escribir y a ello dedico buena parte de mi vida, sé lo que podía ser esa situación, y me ponía en su lugar. Claro que hemos cambiado…volví a reflexionar. Y me di cuenta de que no era necesario llegar hasta Cervantes, a un pasado tan lejano. Tan sólo hace unos pocos años, la máquina de escribir me permitía una forma distinta de volcar mis pensamientos al papel. Todo por un teclado en lugar de una pluma.

Y al recordar cuando de joven escribía a mano mis ideas, me doy cuenta de que al igual que ocurría con la pluma o el lápiz, a pesar del avance de tener una máquina de escribir, un error suponía una tachadura, o tener que tirar todo el papel. Con la máquina de escribir habíamos avanzado tan sólo en la forma de llevar las ideas desde la mente a un papel, pero los errores seguían siendo errores, y la solución, tachones o tirar el papel. Luego las posteriores opciones de borrar el texto en forma más invisible apenas mejoró la presentación del papel definitivo.

Después llegó el ordenador, con sus editores de textos. Al mirar el ordenador no he podido evitar lanzar un suspiro de alivio. Un error ahora tan sólo me exige volver a escribir de nuevo en la pantalla del ordenador. Ahora puedo hacer incluso varios borradores, almacenarlos y de ellos sacar más tarde las ideas definitivas. Sólo cuando esté realmente satisfecho podré darle al botón de impresión. ¡Cuánto ha cambiado todo!, pensaba. No es solo el ahorro de tiempo, sino en la forma de llevar ahora mi obra, mis ideas. Aquel montón de papeles que había que revisar, ordenar y llevar al editor es ahora un documento que se almacena y que se imprime para llevarlo al editor cuando has terminado.

Pensando con mayor atención, recuerdo que eso solo tuve que hacerlo en mis dos primeros libros. A partir del tercer libro, mi visita al editor iba acompañada de un disquete, o de un CD, que llevaba con toda la obra y que le entregaba para su revisión y galeradas.

Actualmente ese CD se ha convertido en un pendrive, un minúsculo dispositivo que guardas en cualquier parte, y que llevas en el bolsillo a tu editorial.

¿Llevarlo en el bolsillo…?, pensé… ¿Porqué?. Hoy no me apetece salir, y además estoy en racha escribiendo. ¿Por qué no lo envío por e-mail?

Miré de nuevo hacia fuera, a la lluvia en la ventana, y me dije: es posible que el tiempo gris de hoy me invite a la melancolía, pero al repasar los acontecimientos, mis pensamientos me han devuelto un optimismo con el que no contaba hoy.


Hoy es todo mucho más sencillo.

viernes, 17 de junio de 2016

Nostalgia y futuro

Sentado en el suelo y mirando hacia el cielo en la tarde del mes de Julio, cuando aún faltan unas horas para que se marche el sol. Estoy en un campamento militar haciendo la milicia universitaria, y la tarde en este apartado valle serrano se viste de nostalgia. Un suave viento mece los pequeños pinos, impregnando la cara y los labios de un polen muy fino. Antes del diario toque de silencio, suena una música sinfónica en los potentes altavoces, que aumenta aún más la nostalgia del alma, sumiéndome en el interrogante de un abismo: la soledad.

Mi vista recorre en derredor todo lo que me rodea. Tan sólo montañas…A lo lejos llega a divisarse una carretera,  y casi pareja con ella se traza una vía férrea, y a ambas las veo como una liberación. y cuando algún tren se acerca, su vibrar acompasado y lejano a veces hace también vibrar mi corazón.

El sol ha descendido un poco más…la brisa a veces se calma, pero otras rompe la quietud de los árboles y de las hierbas secas. La música sigue sonando…Pronto el sol huirá detrás de una montaña y sonará la trompeta del campamento con el toque de silencio, de oración. Todos nos pondremos firmes mientras suena y se arría la bandera en el más absoluto silencio.

Alguien gritará: ¡un día menos!. Mañana, otro igual, con espera, ansias, sol, viento y nostalgia.

Luego se marchará otro día. ¿Porqué vivir esperando que mueran los días?. Para nosotros porque estamos en la milicia universitaria, y esto es sólo un paso intermedio, un paso obligado, un trozo de vida que hay que pasar, sumido en deseos y esperanza, hasta su fin, en el que llega lo que se espera…

Esto ha sido capaz de hacerme pensar que para muchas personas toda la vida es igual que este paso obligado, sólo que no llegamos a verlo así porque estamos apegados a ella, y sólo en veces muy reflexivas y aisladas pensamos, tal vez al mirar las estrellas, que nos espera algo tras de aquello…

La libertad existe al final de aquella carretera, de aquella vía férrea que  nos conducirá a algún lugar, cada uno al suyo, cuando termine el verano y el campamento militar.

Los chicos de ahora no saben lo que es el servicio militar, (ni falta que hace, dirán algunos), con su falta de libertad durante el periodo que se vive. No obstante, yo tango buenos recuerdos de aquellos campamentos, de la evolución desde cadete a alférez, al menos los que fuimos capaces de conseguir la estrella. Vista la falta de control de muchos jóvenes de hoy, y vistos los valores que el servicio militar intenta inculcar en los jóvenes, tal vez había que hacer como en Suiza, donde el servicio militar dura toda la vida, (que nadie se asuste, son sólo unos días al año), y las personas adquieren una sensación de disciplina y patriotismo que se echa mucho en falta en los tiempos actuales, al menos en España, donde ambas virtudes son nulas.

Por eso yo espero que todos, cuando llegue el final de cada día, no digamos como en la mili: ¡un día menos!, sino que sepamos apreciar que ha sido un día más, y ojala que sea un día más en el sentido de lo fructífero.

Y no hay nada más fructífero que saber que has concluido otro día de tu vida haciendo algo por los demás. Importante o no, es lo de menos. Lo que para ti no es mucho para otros puede ser todo un mundo. Haz algo por los demás, y tu vida será de sumar días, días fructíferos y felices en lugar de restar días, días hasta el final.