martes, 21 de junio de 2016

La falta de ideas

Esta mañana el día estaba gris, algo oscuro, y encendí la luz junto al ordenador. La luz natural no era suficiente.

Estaba pensando como el fin del siglo XX estuvo marcado por una falta de ideas y de imaginación notables. No es solo el fin de siglo en el sentido estricto de la palabra: a estas alturas es una sequía de más de 20 años.

Se pasó desde la fructífera etapa desde los años 60 y los 80 a la atonía de los 90, y ya a una sequía total de los últimos años del milenio que, por extensión y herencia, sigue en los inicios del siglo XXI.

No está en el propósito de este post hablar de los logros del recién terminado siglo XX, que fueron muchos, especialmente en la parte central del mismo, sino en el vacío de las dos últimas décadas, marcadas por el temor, la falta de ideas y en una sociedad basada en los criterios económicos.

La consecuencia inevitable es la imitación o la reedición. Se imita todo o se resucitan mitos o modelos del pasado, especialmente de los 60 y los 70’s, cuando no aún más allá.

La música, la moda, los automóviles, se basan en el tercer cuarto del siglo XX. Renacen modelos de la época o se crean otros nuevos inspirados en ellos.

Pero lo que me parece más triste no es la falta de ideas, sino el “orgullo” de la retrocesión. Parece un magnífico reclamo el decir “inspirado en los 60, o en los 70… Es una pena.

Cuando se recurre al pasado es que no existe un presente. Al menos no un presente interesante. Pero si en lugar de avergonzarnos o intentar crear y dar vida, nos enorgullecemos de buscar en el pasado para resucitarlo… algo serio ocurre en nuestra sociedad.

Claro que siempre existe algo peor… y también lo hemos logrado. Hemos conseguido que lo espiritual sea caduco, cuando es lo único que puede llevarnos a la fertilidad en las ideas.

Desafortunadamente, el alma es más creativa cuanto más sufre. Las mejores obras se han escrito en situaciones límite, y casi siempre los mejores poemas, incluso de amor, surgen del sufrimiento del espíritu.

Tal vez las dos guerras mundiales y especialmente la segunda, por su barbarie, propiciaron la creatividad de las dos décadas siguientes. Movimientos que buscaban en la música y en la libertad, (mejor o peor entendida en algunos casos), una salida al miedo.

Pero era una generación creativa. El temor puede dar lugar a una creatividad inusitada, tal vez en aras de la búsqueda de la tranquilidad o la liberación del mismo. Un hippie cree en algo, aunque sea la naturaleza, el amor libre y las drogas.

Pero cuando una sociedad se basa en criterios económicos las consecuencias son, cuanto menos, de pasividad y temor sin reacción. No hay creencias, no hay creatividad, y para seguir viviendo se recurre a lo que se tiene más a mano, volver a los años creativos.

Pero lo que se recrea no crea, y espíritu se hace baldío, buscando en el pasado sin crear el presente.

El hombre parece decir ¿para qué?, en medio de un fatalismo nacido de los criterios económicos, por otra parte volubles y sin razones lógicas, que sólo te hace esperar. Con estos criterios todo es efímero y muy temporal. Ya no existe el trabajo como un bien estable, con lo cual tampoco se puede plantear un futuro.

La familia, basada en criterios económicos, no se plantea una continuidad. Ambos trabajan, en parte por necesidad ante la precariedad de los empleos actuales, y en parte por la propia concepción, de cortas miras y duración, del matrimonio o unión temporal. Si apenas confían en la duración de la unión, apenas se plantean continuar la descendencia, agravado además por la mencionada precariedad laboral.

Con este panorama, sin perspectivas, no existe el concepto de familia, al menos en su verdadera acepción. El mundo se torna nihilista y, casi sin quererlo, epicúreo. El culto al cuerpo, cuando es excesivo, llega a la aberración.

Ante la negación de todo, la rebelión es total. Nada de lo que me han dado me gusta, y por tanto hay que combatirlo. No hay creencias verdaderas, no me gusta mi cuerpo, (y por tanto, lo cambio): tatuajes, piercings, y gimnasio brutal o culturismo, en su acepción inicial, y escalando llegamos al juego de ser Dios, cambiando todo aquello que no nos gusta de nuestro cuerpo, e incluso al cambio de sexo.

¿Y el alma?. Parece bastante triste que nadie opte por cambiar lo fundamental, la base de todo el inconformismo, nuestro yo real, y no el envoltorio.

Al menos en los años “dorados” a los que ahora se recurre, existía la búsqueda de lo espiritual. Tras un sustrato de drogas muchas veces y del amor libre, subsistía una búsqueda espiritual, errónea o acertada en sus formas, del amor. El cuerpo era solamente la envoltura.

Esa es la gran diferencia. Hoy no se busca lo espiritual, ni el amor. Sólo el culto al cuerpo y, a base de embrutecernos, las actuales generaciones no crean, no pueden crear, y recurren al pasado. Y el propio nihilismo ha hecho volcar los intereses hacia lo económico en forma desmesurada. Siempre ha habido intereses económicos, siempre ha habido guerras y siempre ha habido terrorismo.

Pero antes el interés por lo económico era sólo para la supervivencia, las guerras eran muchas veces por motivos religiosos o de ideales, y el terrorismo para libertar naciones, regiones o ideales.

Hoy, todo tiene el mismo fin: un fin económico, alrededor del cual se crean las guerras, se mueven los actos terroristas y lo económico tiene tanta potencia como para reordenar el mundo.

Los roles de las naciones no se establecen por su potencial real de creación o producción, sino por las conveniencias del “orden económico mundial”, que puede relegar a unas naciones a unos roles que no son los suyos, solo porque así conviene a la economía “mundial”.

Y nadie crea nada. ¿Para qué?. Antes de escribir esto me planteaba porqué existe esta escasez de ideas, pero al ir desgranado el escrito he encontrado la respuesta. ¿Para qué crear?.

Sólo la tecnología sigue su curso, únicamente porque ayuda a moldear el universo basado en la economía que hemos creado.

El ordenador sigue su camino imparable. Cada vez hace más cosas y tiene mayor poder de decisión. Negroponte decía recientemente que pronto tendrá la inteligencia o capacidad de un niño de unos cinco años.

Aunque sea en contra de mi voluntad, ya que creo firmemente en las ideas y en el espíritu frente al materialismo y el culto al cuerpo, casi podría decir que, a la vista de cómo lo hacemos los humanos, aquello de que ojalá llegue pronto el ordenador a ser adulto, a ver si, aunque tampoco tenga espíritu, tal vez sea capaz de gobernar mejor el mundo que nosotros.

Porque al menos, y eso es seguro, sus criterios no serían únicamente económicos…

Al rememorar todo aquello había renacido en mí con fuerza las ganas de investigar sobre la falta de ideas, y de escribir sobre sus causas. Y por eso este post.

El día aún seguía gris, pero el avance de la mañana parecía hacerlo algo más luminoso. ¿O era el haber puesto en orden las ideas lo que me hacía verlo así?.

Apagué la lámpara que estaba junto al ordenador: La luz de la ventana era ya suficiente. Realmente había más luz fuera… y también dentro de mi mismo.


Contrastaba con la fuerte nevada de ayer en la carretera cuando volvía a casa. Era tan intensa que apenas se veía a cincuenta metros. Y a pesar de ello, y del posible peligro, lo cierto es que era precioso, visto con otros ojos, claro.

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