Esta mañana el día estaba gris, algo oscuro,
y encendí la luz junto al ordenador. La luz natural no era suficiente.
Estaba pensando como el fin del siglo XX
estuvo marcado por una falta de ideas y de imaginación notables. No es solo el fin
de siglo en el sentido estricto de la palabra: a estas alturas es una sequía de
más de 20 años.
Se pasó desde la fructífera etapa
desde los años 60 y los 80 a la atonía de los 90, y ya a una sequía total de
los últimos años del milenio que, por extensión y herencia, sigue en los
inicios del siglo XXI.
No está en el propósito de este
post hablar de los logros del recién terminado siglo XX, que fueron muchos, especialmente
en la parte central del mismo, sino en el vacío de las dos últimas décadas, marcadas
por el temor, la falta de ideas y en una sociedad basada en los criterios
económicos.
La consecuencia inevitable es la
imitación o la reedición. Se imita todo o se resucitan mitos o modelos del
pasado, especialmente de los 60 y los 70’s, cuando no aún más allá.
La música, la moda, los
automóviles, se basan en el tercer cuarto del siglo XX. Renacen modelos de la
época o se crean otros nuevos inspirados en ellos.
Pero lo que me parece más triste
no es la falta de ideas, sino el “orgullo” de la retrocesión. Parece un
magnífico reclamo el decir “inspirado en los 60, o en los 70… Es una pena.
Cuando se recurre al pasado es
que no existe un presente. Al menos no un presente interesante. Pero si
en lugar de avergonzarnos o intentar crear y dar vida, nos enorgullecemos de
buscar en el pasado para resucitarlo… algo serio ocurre en nuestra sociedad.
Claro que siempre existe algo
peor… y también lo hemos logrado. Hemos conseguido que lo espiritual sea
caduco, cuando es lo único que puede llevarnos a la fertilidad en las ideas.
Desafortunadamente, el alma es
más creativa cuanto más sufre. Las mejores obras se han escrito en situaciones
límite, y casi siempre los mejores poemas, incluso de amor, surgen del
sufrimiento del espíritu.
Tal vez las dos guerras mundiales
y especialmente la segunda, por su barbarie, propiciaron la creatividad de las
dos décadas siguientes. Movimientos que buscaban en la música y en la libertad,
(mejor o peor entendida en algunos casos), una salida al miedo.
Pero era una generación creativa.
El temor puede dar lugar a una creatividad inusitada, tal vez en aras de la
búsqueda de la tranquilidad o la liberación del mismo. Un hippie cree en algo,
aunque sea la naturaleza, el amor libre y las drogas.
Pero cuando una sociedad se basa
en criterios económicos las consecuencias son, cuanto menos, de pasividad y
temor sin reacción. No hay creencias, no hay creatividad, y para seguir
viviendo se recurre a lo que se tiene más a mano, volver a los años creativos.
Pero lo que se recrea no crea, y
espíritu se hace baldío, buscando en el pasado sin crear el presente.
El hombre parece decir ¿para
qué?, en medio de un fatalismo nacido de los criterios económicos, por otra
parte volubles y sin razones lógicas, que sólo te hace esperar. Con estos
criterios todo es efímero y muy temporal. Ya no existe el trabajo como un bien
estable, con lo cual tampoco se puede plantear un futuro.
La familia, basada en criterios
económicos, no se plantea una continuidad. Ambos trabajan, en parte por
necesidad ante la precariedad de los empleos actuales, y en parte por la propia
concepción, de cortas miras y duración, del matrimonio o unión temporal. Si
apenas confían en la duración de la unión, apenas se plantean continuar la
descendencia, agravado además por la mencionada precariedad laboral.
Con este panorama, sin
perspectivas, no existe el concepto de familia, al menos en su verdadera
acepción. El mundo se torna nihilista y, casi sin quererlo, epicúreo. El culto
al cuerpo, cuando es excesivo, llega a la aberración.
Ante la negación de todo, la
rebelión es total. Nada de lo que me han dado me gusta, y por tanto hay que
combatirlo. No hay creencias verdaderas, no me gusta mi cuerpo, (y por tanto,
lo cambio): tatuajes, piercings, y gimnasio brutal o culturismo, en su acepción
inicial, y escalando llegamos al juego de ser Dios, cambiando todo aquello que
no nos gusta de nuestro cuerpo, e incluso al cambio de sexo.
¿Y el alma?. Parece bastante
triste que nadie opte por cambiar lo fundamental, la base de todo el
inconformismo, nuestro yo real, y no el envoltorio.
Al menos en los años “dorados” a
los que ahora se recurre, existía la búsqueda de lo espiritual. Tras un
sustrato de drogas muchas veces y del amor libre, subsistía una búsqueda
espiritual, errónea o acertada en sus formas, del amor. El cuerpo era solamente
la envoltura.
Esa es la gran diferencia. Hoy no
se busca lo espiritual, ni el amor. Sólo el culto al cuerpo y, a base de
embrutecernos, las actuales generaciones no crean, no pueden crear, y recurren
al pasado. Y el propio nihilismo ha hecho volcar los intereses hacia lo
económico en forma desmesurada. Siempre ha habido intereses económicos, siempre
ha habido guerras y siempre ha habido terrorismo.
Pero antes el interés por lo
económico era sólo para la supervivencia, las guerras eran muchas veces por
motivos religiosos o de ideales, y el terrorismo para libertar naciones,
regiones o ideales.
Hoy, todo tiene el mismo fin: un
fin económico, alrededor del cual se crean las guerras, se mueven los actos
terroristas y lo económico tiene tanta potencia como para reordenar el mundo.
Los roles de las naciones no se
establecen por su potencial real de creación o producción, sino por las
conveniencias del “orden económico mundial”, que puede relegar a unas naciones
a unos roles que no son los suyos, solo porque así conviene a la economía
“mundial”.
Y nadie crea nada. ¿Para qué?.
Antes de escribir esto me planteaba porqué existe esta escasez de ideas, pero
al ir desgranado el escrito he encontrado la respuesta. ¿Para qué crear?.
Sólo la tecnología sigue su
curso, únicamente porque ayuda a moldear el universo basado en la economía que
hemos creado.
El ordenador sigue su camino
imparable. Cada vez hace más cosas y tiene mayor poder de decisión. Negroponte
decía recientemente que pronto tendrá la inteligencia o capacidad de un niño de
unos cinco años.
Aunque sea en contra de mi
voluntad, ya que creo firmemente en las ideas y en el espíritu frente al
materialismo y el culto al cuerpo, casi podría decir que, a la vista de cómo lo
hacemos los humanos, aquello de que ojalá llegue pronto el ordenador a ser
adulto, a ver si, aunque tampoco tenga espíritu, tal vez sea capaz de gobernar
mejor el mundo que nosotros.
Porque al menos, y eso es seguro,
sus criterios no serían únicamente económicos…
Al rememorar todo aquello había renacido en mí con fuerza las ganas de
investigar sobre la falta de ideas, y de escribir sobre sus causas. Y por eso
este post.
El día aún seguía gris, pero el avance de la mañana parecía hacerlo algo
más luminoso. ¿O era el haber puesto en orden las ideas lo que me hacía verlo
así?.
Apagué la lámpara que estaba junto al ordenador: La luz de la ventana era
ya suficiente. Realmente había más luz fuera… y también dentro de mi mismo.
Contrastaba con la fuerte nevada de ayer en la carretera cuando volvía a
casa. Era tan intensa que apenas se veía a cincuenta metros. Y a pesar de ello,
y del posible peligro, lo cierto es que era precioso, visto con otros ojos,
claro.
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