La mañana invitaba a la reflexión. Hay cosas que nunca cambiarán, me decía
para mis adentros, pero el hombre ha sabido, durante años, ir cambiando el
devenir de la historia. No ha podido controlar los agentes de la naturaleza,
las catástrofes naturales, pero hemos avanzado de forma notable, y la vida
actual no se parece en nada a la de hace unos siglos.
Bien es cierto, me decía a mí mismo, concentrado en mis pensamientos, que
parecían encajar a la perfección con el gris de la mañana invernal, que tampoco
hemos sido capaces de cambiar lo que sí que estaba realmente en nuestras manos hacerlo. Y
pensaba en las guerras, y en asesinatos, y en el hambre del mundo… ¿realmente
hemos cambiado?
Volví a mirar por la ventana… el tono parduzco del cielo, la lluvia tenue
e implacable no me animaba a seguir pensando en forma más positiva. Sin embargo
frente a mí, cerca de la ventana estaba mi ordenador, y al mirarlo no pude
evitar una mueca. Ayer parecía que me sonreía y hoy me parece una pantalla
hosca, sin gracia.
Es curioso, pensé, lo distinto que puede parecer el entorno, e incluso el
ánimo, tan sólo por un cambio meteorológico… Las fases de la luna, los cambios
en las manchas solares, los cambios de tiempo, influyen en nuestro ánimo, desde
la noche de los tiempos. Somos muy frágiles, pensé.
Entonces pensé en Cervantes, en Shakespeare, y los imaginaba escribiendo
con sus plumas y quedándose sin tinta justo en el momento en que gozaban de un
momento álgido de inspiración.
Mi sonrisa se tornó en risa. Como a mí me gusta tanto escribir y a ello
dedico buena parte de mi vida, sé lo que podía ser esa situación, y me ponía en
su lugar. Claro que hemos cambiado…volví a reflexionar. Y me di cuenta de que
no era necesario llegar hasta Cervantes, a un pasado tan lejano. Tan sólo hace
unos pocos años, la máquina de escribir me permitía una forma distinta de
volcar mis pensamientos al papel. Todo por un teclado en lugar de una pluma.
Y al recordar cuando de joven escribía a mano mis ideas, me doy cuenta de que
al igual que ocurría con la pluma o el lápiz, a pesar del avance de tener una
máquina de escribir, un error suponía una tachadura, o tener que tirar todo el
papel. Con la máquina de escribir habíamos avanzado tan sólo en la forma de
llevar las ideas desde la mente a un papel, pero los errores seguían siendo
errores, y la solución, tachones o tirar el papel. Luego las posteriores opciones
de borrar el texto en forma más invisible apenas mejoró la presentación del
papel definitivo.
Después llegó el ordenador, con sus editores de textos. Al mirar el
ordenador no he podido evitar lanzar un suspiro de alivio. Un error ahora tan
sólo me exige volver a escribir de nuevo en la pantalla del ordenador. Ahora puedo
hacer incluso varios borradores, almacenarlos y de ellos sacar más tarde las
ideas definitivas. Sólo cuando esté realmente satisfecho podré darle al botón
de impresión. ¡Cuánto ha cambiado todo!, pensaba. No es solo el ahorro de
tiempo, sino en la forma de llevar ahora mi obra, mis ideas. Aquel montón de
papeles que había que revisar, ordenar y llevar al editor es ahora un documento
que se almacena y que se imprime para llevarlo al editor cuando has terminado.
Pensando con mayor atención, recuerdo que eso solo tuve que hacerlo en mis
dos primeros libros. A partir del tercer libro, mi visita al editor iba
acompañada de un disquete, o de un CD, que llevaba con toda la obra y que le
entregaba para su revisión y galeradas.
Actualmente ese CD se ha convertido en un pendrive, un minúsculo
dispositivo que guardas en cualquier parte, y que llevas en el bolsillo a tu
editorial.
¿Llevarlo en el bolsillo…?, pensé… ¿Porqué?. Hoy no me apetece salir, y
además estoy en racha escribiendo. ¿Por qué no lo envío por e-mail?
Miré de nuevo hacia fuera, a la lluvia en la ventana, y me dije: es posible
que el tiempo gris de hoy me invite a la melancolía, pero al repasar los
acontecimientos, mis pensamientos me han devuelto un optimismo con el que no
contaba hoy.
Hoy es todo mucho más sencillo.

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