domingo, 19 de junio de 2016

Reflexiones

Llovía suavemente, apenas sin molestar. Por un momento, levanté la vista hacia el cielo.  Estaba en casa, frente a la ventana, en una sencilla mañana de invierno.

La mañana invitaba a la reflexión. Hay cosas que nunca cambiarán, me decía para mis adentros, pero el hombre ha sabido, durante años, ir cambiando el devenir de la historia. No ha podido controlar los agentes de la naturaleza, las catástrofes naturales, pero hemos avanzado de forma notable, y la vida actual no se parece en nada a la de hace unos siglos.

Bien es cierto, me decía a mí mismo, concentrado en mis pensamientos, que parecían encajar a la perfección con el gris de la mañana invernal, que tampoco hemos sido capaces de cambiar lo que sí que estaba realmente en nuestras manos hacerlo. Y pensaba en las guerras, y en asesinatos, y en el hambre del mundo… ¿realmente hemos cambiado?

Volví a mirar por la ventana… el tono parduzco del cielo, la lluvia tenue e implacable no me animaba a seguir pensando en forma más positiva. Sin embargo frente a mí, cerca de la ventana estaba mi ordenador, y al mirarlo no pude evitar una mueca. Ayer parecía que me sonreía y hoy me parece una pantalla hosca, sin gracia.

Es curioso, pensé, lo distinto que puede parecer el entorno, e incluso el ánimo, tan sólo por un cambio meteorológico… Las fases de la luna, los cambios en las manchas solares, los cambios de tiempo, influyen en nuestro ánimo, desde la noche de los tiempos. Somos muy frágiles, pensé.

Entonces pensé en Cervantes, en Shakespeare, y los imaginaba escribiendo con sus plumas y quedándose sin tinta justo en el momento en que gozaban de un momento álgido de inspiración.

Mi sonrisa se tornó en risa. Como a mí me gusta tanto escribir y a ello dedico buena parte de mi vida, sé lo que podía ser esa situación, y me ponía en su lugar. Claro que hemos cambiado…volví a reflexionar. Y me di cuenta de que no era necesario llegar hasta Cervantes, a un pasado tan lejano. Tan sólo hace unos pocos años, la máquina de escribir me permitía una forma distinta de volcar mis pensamientos al papel. Todo por un teclado en lugar de una pluma.

Y al recordar cuando de joven escribía a mano mis ideas, me doy cuenta de que al igual que ocurría con la pluma o el lápiz, a pesar del avance de tener una máquina de escribir, un error suponía una tachadura, o tener que tirar todo el papel. Con la máquina de escribir habíamos avanzado tan sólo en la forma de llevar las ideas desde la mente a un papel, pero los errores seguían siendo errores, y la solución, tachones o tirar el papel. Luego las posteriores opciones de borrar el texto en forma más invisible apenas mejoró la presentación del papel definitivo.

Después llegó el ordenador, con sus editores de textos. Al mirar el ordenador no he podido evitar lanzar un suspiro de alivio. Un error ahora tan sólo me exige volver a escribir de nuevo en la pantalla del ordenador. Ahora puedo hacer incluso varios borradores, almacenarlos y de ellos sacar más tarde las ideas definitivas. Sólo cuando esté realmente satisfecho podré darle al botón de impresión. ¡Cuánto ha cambiado todo!, pensaba. No es solo el ahorro de tiempo, sino en la forma de llevar ahora mi obra, mis ideas. Aquel montón de papeles que había que revisar, ordenar y llevar al editor es ahora un documento que se almacena y que se imprime para llevarlo al editor cuando has terminado.

Pensando con mayor atención, recuerdo que eso solo tuve que hacerlo en mis dos primeros libros. A partir del tercer libro, mi visita al editor iba acompañada de un disquete, o de un CD, que llevaba con toda la obra y que le entregaba para su revisión y galeradas.

Actualmente ese CD se ha convertido en un pendrive, un minúsculo dispositivo que guardas en cualquier parte, y que llevas en el bolsillo a tu editorial.

¿Llevarlo en el bolsillo…?, pensé… ¿Porqué?. Hoy no me apetece salir, y además estoy en racha escribiendo. ¿Por qué no lo envío por e-mail?

Miré de nuevo hacia fuera, a la lluvia en la ventana, y me dije: es posible que el tiempo gris de hoy me invite a la melancolía, pero al repasar los acontecimientos, mis pensamientos me han devuelto un optimismo con el que no contaba hoy.


Hoy es todo mucho más sencillo.

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