Me sentía muy solo
y deprimido, con esas horas bajas que a todos nos afectan alguna vez.
y deprimido, con esas horas bajas que a todos nos afectan alguna vez.
Miré a mi amigo en silencio sin atreverme a
decirle nada, porque ¿me comprendería?.
Volví de nuevo los ojos hacia mi amigo y su
tremendo silencio mientras pensaba que siempre estaba allí, solícito a mis
deseos pero mudo, inexpresivo, frío.
Muchas veces dudaba de una amistad que jamás me
brindaba consuelo ante cualquier adversidad o congoja.
No es su culpa, pensé, dado el escaso desarrollo
comunicativo que mi amigo poseía.
Pero el amigo estaba ahí, mudo, como esperando
alguna orden, que cumpliría al instante.
Pensé en lo poco que podía aportarme en mis horas
bajas, ya que no entiende otro lenguaje que el suyo propio.
Alargué la mano hacia él, que seguía frío, impasible.
¿Sería entonces un amigo verdadero?.
No supe la respuesta.
Nunca será un verdadero amigo, pensé.
Y lo apagué.
… Y el ordenador no dijo nada.

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