A pesar de no haber logrado un
amplio seguimiento en los posts sobre pintura, en Septiembre y Octubre de 2016,
he decidido retomar esta temática, que tanta importancia tiene dentro del arte.
Me parece oportuno dar una cierta continuidad a la temática, tras haber hablado
anteriormente un poco sobre el postimpresionismo en la pintura.
Dentro del postimpresionismo hay
varias corrientes, habiendo tocado algunas en el post mencionado de Octubre de
2016, (que podéis volver a leer si os apetece), pero no he tratado en aquella
ocasión sobre un aspecto tan importante, (al menos yo lo veo así), como es el
simbolismo.
Comencemos por el principio real.
A nivel literario, el simbolismo fue uno de los movimientos artísticos más importantes
de finales del siglo XIX, originado en Francia y también en Bélgica. En un
manifiesto literario publicado en 1886, Jean Moréas definió este nuevo estilo
como «enemigo de la enseñanza, la declamación, la falsa sensibilidad y la
descripción objetiva». Para los simbolistas, el mundo es un misterio por
descifrar, y el poeta debe para ello trazar las correspondencias ocultas que
unen los objetos sensibles (por ejemplo, Rimbaud establece una correspondencia
entre las vocales y los colores, en su soneto Vocales). Para ello es esencial
el uso de la sinestesia. (Una figura retórica que consiste en la atribución de
una sensación a un sentido que no le corresponde).
Se puede considerar que este
movimiento tiene sus orígenes en el libro estrella del escritor francés Charles
Baudelaire. Por otra parte, el notable escritor norteamericano Edgar Allan Poe,
admirado por Baudelaire, influyó también decisivamente en el movimiento,
proporcionándole muchas imágenes y figuras literarias. La estética del
simbolismo fue desarrollada por Stéphane Mallarmé y Paul Verlaine en la década
de 1870. Para 1880, el movimiento había atraído toda una generación de jóvenes
escritores cansados de los movimientos realistas.
Volviendo al tema del post, el
simbolismo pictórico se caracterizó por características tales como:
Color. Era frecuente el
uso de colores fuertes para resaltar el sentido onírico de lo sobrenatural. Del
mismo modo el uso de colores pasteles, por parte de algunos artistas, a pesar
de su suavidad, perseguía el mismo objetivo, junto con la difuminación del
color.
Temática. Prevalece
claramente un interés por lo subjetivo, y lo irracional. No se queda en la mera
apariencia física del objeto sino que a través de él se llega a lo
sobrenatural, lo cual va unido a un especial interés por la religión. Los
pintores y poetas ya no pretenden plasmar el mundo exterior sino
el de sus sueños y fantasías por medio de la alusión del símbolo. (De
ahí su nombre). La pintura pretende reflejar la expresión del estado de ánimo,
de las emociones y de las ideas del artista, a través del símbolo o de la idea.
Técnicas. Lo que une a
los artistas es el deseo de crear una pintura no supeditada a la realidad, en
oposición al realismo, y en donde cada símbolo tiene una concreción propia en la
aportación subjetiva del espectador y del pintor. No hay una lectura única,
sino que cada obra puede dar lugar a interpretación de cosas distintas por cada
individuo. Su originalidad no estriba en la técnica, sino en el contenido.
El simbolismo tuvo una marcada
influencia en movimientos posteriores, como el Art Nouveau o el surrealismo.
Entre los representantes del
movimiento, podemos destacar, por la parte francesa a:
Odilon Redon (1840–1916) es el
más puro de los simbolistas. Representa lo mágico, lo visionario y lo fabuloso.
El sueño, La Esfinge, El nacimiento de Venus, Las flores del mal, Mujer y
flores.
Gustave Moreau (1826–1898): gran
dibujante y de gran virtuosismo técnico. Es un narrador de sueños y extrañas
visiones. Su fuente de inspiración principal es la mitología.
Pierre Puvis Chavannes
(1824–1898) es el más idealista del grupo. Utiliza tintas planas, subordinadas
a un buen dibujo. El pobre pescador, Bosque sagrado, Musas inspiradoras.
Un excelente exponente, de origen
vienés, es Gustav Klimt (1862–1918) que fue sin duda uno de los más
importantes representantes del Simbolismo, de cuyas obras se podrían destacar
El beso, El friso de Beethoven, Palas Atenea, Judith I, Las tres edades de la
mujer, Nuda Veritas y Dánae. La mayoría de sus cuadros están cargados de un
sentido lírico-decorativo y retratan a mujeres fatales, jóvenes, pelirrojas y
sensuales.
Dentro de la región también
encontramos a Carlos Schwabe, que es un pintor de gran imaginación para plasmar
imágenes oníricas. Es precursor del modernismo. Nació en Altona, Holstein, pero
siendo aún de corta edad se trasladó a Ginebra, Suiza. Tras estudiar en la École
des Arts Décoratifs en Ginebra, se instaló en París, donde comenzó a frecuentar
los círculos simbolistas. Sus pinturas solían ser sobre temas mitológicos y
alegóricos; como artista esencialmente literario, ilustró muchos libros,
entre otros: Le rêve (El sueño) de Émile Zola, Les Fleurs du mal (Las flores
del mal) de Charles Baudelaire, Pelléas et Mélisande de Maurice Maeterlinck,
L’Evangile de l’enfance de notre Seigneur Jésus-Christ selon Saint Pierre (El
Evangelio de la infancia de Nuestro Señor Jesucristo según San Pedro) de
Catulle Mendes y Jardin de l'infante de Albert Samain. Schwabe vivió el resto
de su vida en Francia y murió en las afueras de París en 1926.
Podemos dedicar otras menciones a
Leon Spilliaert, con La travesía, Edward Robert Hughes, un idilio de sueño,
Herbert James Draper, Lamento de Ícaro, Franz von Stuck, con ll pecado, o Karl
Wilhelm Diefenbach (1851–1913), un simbolista que encontró el lugar perfecto para
su utopía en Capri.
En cuanto a España, encontramos a
muchos representantes del simbolismo, como Joaquín Martínez de la Vega
(1846-1905), un artista que conocía a los pintores nazarenos y prerrafaelitas y
que en los últimos años de su vida, entre 1900 y 1905, inmerso en un mundo de
alcohol y droga, realiza una serie de pasteles entre idealistas y decadentistas
que se integran de pleno en el lenguaje simbolista europeo. Sin salir de Andalucía podemos citar también las
últimas obras, naturalezas muertas y desnudos femeninos, del granadino José
María Rodríguez Acosta (1878-1941). Asimismo haremos referencia del madrileño
Eduardo Chicharro (1873-1949), artista que se movería siempre dentro de la
estela del simbolismo, del que destacaremos, en especial, el tríptico de Las
tres esposas (1908) y La tentación de Buda (1922); los aragoneses Angel Díaz
Domínguez (1879), autor de los lienzos que decoran el Casino Mercantil de
Zaragoza (1914 y 1919) y Francisco Marín Bagüés (1879-1941) que enviaría, como
pensionado en Roma por la Diputación de Zaragoza, un tríptico sobre Santa
Isabel de Portugal, de clara resonancia prerrafaelita y muy próximo a Las Tres
Esposas de Chicharro.
También tienen estos visos
decorativos las primeras obras del asturiano Evaristo Valle (1873-1951) entre
muchísimos otros artistas que es imposible enumerar. Y finalmente en una línea
mucho más abiertamente decadentista, señalaremos la obra del artista cubano,
famosísimo en su tiempo, que residió mucho tiempo en España y se afincó
definitivamente en París, Federico Beltrán-Masses (18851949). Hay que tratar
con cierto detalle al cordobés Julio Romero de Torres (1874-1930), por ser uno
de los pintores que mejor definen la ambigüedad que domina todas las
manifestaciones simbolistas. La fama popular que gozó en los últimos años de su
vida y, especialmente, en los que siguieron a su muerte, le ha llevado a
protagonizar una copla popular; el que recree los tópicos de una Andalucía
doliente y, muy especialmente, por el erotismo de sus desnudos femeninos, ha
llevado a perder la perspectiva suficiente para enjuiciar a un artista que
encarna uno de los momentos más complejos del simbolismo. Y también a Néstor
Martín-Fernández de la Torre, considerado el último simbolista, y que con él
murió el simbolismo.
No podemos dejar de mencionar a
la escuela de Pont-Aven. Desde 1873 la ciudad de Pont-Aven es frecuentada por
los alumnos de la Escuela de Bellas Artes de París. En 1886 llega Gauguín y en
1888 se instala un grupo de pintores dispuestos a seguir sus enseñanzas al
margen de la Academia. Participan en la exposición del Café Volpini en 1889.
Ese mismo año, Gauguín marcha para Tahití y el grupo se desvanece.
Sus obras se caracterizan por el
uso libre del color, pueden pintar la hierba azul o roja si así lo sienten, que
se aplica en grandes manchas y con tintas planas. Utilizan el cloisonismo. El
cloisonismo es una técnica desarrollada en la segunda mitad del siglo XIX por
Émile Bernard, uno de los primeros integrantes de la Escuela de Pont Aven y por
Gauguin. Su influencia procedía principalmente del japonismo y de Louis
Anquetin.
El resultado es una obra muy
decorativa. En esta forma de pintar ha influido mucho el conocimiento del arte
primitivo y las estampas japonesas. Existe una voluntad de sintetizar las
formas. Son una síntesis entre el estilo impresionista y el simbolista por lo
que pueden ser considerados simbolistas, por su espíritu.
Entre los pintores más destacados
de Pont-Aven están Emile Bernard, con su Bretones bailando en la pradera, Charles
Laval, en su Autorretrato, Meijer de Haan, en Bretonas tejiendo cáñamo, Paul
Sérusier con su Naturaleza muerta con escalera, Claude-Emile Schuffenecker, con
Los acantilados de Concarneau, Cuno Amiet, Louis Anquetin y Roderic O’Connor.
Habría mucho más por escribir
sobre el simbolismo, pero este post se ha alargado más de lo que tenía pensado
inicialmente. Si creéis que os puede interesar, hacédmelo saber y nos ocupamos
más a fondo, o tratamos otros aspectos del post impresionismo, como el
puntillismo, por ejemplo, y otros estilos.

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