miércoles, 13 de junio de 2018

El simbolismo. Siglo XIX


A pesar de no haber logrado un amplio seguimiento en los posts sobre pintura, en Septiembre y Octubre de 2016, he decidido retomar esta temática, que tanta importancia tiene dentro del arte. Me parece oportuno dar una cierta continuidad a la temática, tras haber hablado anteriormente un poco sobre el postimpresionismo en la pintura.

Dentro del postimpresionismo hay varias corrientes, habiendo tocado algunas en el post mencionado de Octubre de 2016, (que podéis volver a leer si os apetece), pero no he tratado en aquella ocasión sobre un aspecto tan importante, (al menos yo lo veo así), como es el simbolismo.

Comencemos por el principio real. A nivel literario, el simbolismo fue uno de los movimientos artísticos más importantes de finales del siglo XIX, originado en Francia y también en Bélgica. En un manifiesto literario publicado en 1886, Jean Moréas definió este nuevo estilo como «enemigo de la enseñanza, la declamación, la falsa sensibilidad y la descripción objetiva». Para los simbolistas, el mundo es un misterio por descifrar, y el poeta debe para ello trazar las correspondencias ocultas que unen los objetos sensibles (por ejemplo, Rimbaud establece una correspondencia entre las vocales y los colores, en su soneto Vocales). Para ello es esencial el uso de la sinestesia. (Una figura retórica que consiste en la atribución de una sensación a un sentido que no le corresponde).

Se puede considerar que este movimiento tiene sus orígenes en el libro estrella del escritor francés Charles Baudelaire. Por otra parte, el notable escritor norteamericano Edgar Allan Poe, admirado por Baudelaire, influyó también decisivamente en el movimiento, proporcionándole muchas imágenes y figuras literarias. La estética del simbolismo fue desarrollada por Stéphane Mallarmé y Paul Verlaine en la década de 1870. Para 1880, el movimiento había atraído toda una generación de jóvenes escritores cansados de los movimientos realistas.

Volviendo al tema del post, el simbolismo pictórico se caracterizó por características tales como:

Color. Era frecuente el uso de colores fuertes para resaltar el sentido onírico de lo sobrenatural. Del mismo modo el uso de colores pasteles, por parte de algunos artistas, a pesar de su suavidad, perseguía el mismo objetivo, junto con la difuminación del color. 

Temática. Prevalece claramente un interés por lo subjetivo, y lo irracional. No se queda en la mera apariencia física del objeto sino que a través de él se llega a lo sobrenatural, lo cual va unido a un especial interés por la religión. Los pintores y poetas ya no pretenden plasmar el mundo exterior sino el de sus sueños y fantasías por medio de la alusión del símbolo. (De ahí su nombre). La pintura pretende reflejar la expresión del estado de ánimo, de las emociones y de las ideas del artista, a través del símbolo o de la idea.

Técnicas. Lo que une a los artistas es el deseo de crear una pintura no supeditada a la realidad, en oposición al realismo, y en donde cada símbolo tiene una concreción propia en la aportación subjetiva del espectador y del pintor. No hay una lectura única, sino que cada obra puede dar lugar a interpretación de cosas distintas por cada individuo. Su originalidad no estriba en la técnica, sino en el contenido.

El simbolismo tuvo una marcada influencia en movimientos posteriores, como el Art Nouveau o el surrealismo.

Entre los representantes del movimiento, podemos destacar, por la parte francesa a:

Odilon Redon (1840–1916) es el más puro de los simbolistas. Representa lo mágico, lo visionario y lo fabuloso. El sueño, La Esfinge, El nacimiento de Venus, Las flores del mal, Mujer y flores.

Gustave Moreau (1826–1898): gran dibujante y de gran virtuosismo técnico. Es un narrador de sueños y extrañas visiones. Su fuente de inspiración principal es la mitología.

Pierre Puvis Chavannes (1824–1898) es el más idealista del grupo. Utiliza tintas planas, subordinadas a un buen dibujo. El pobre pescador, Bosque sagrado, Musas inspiradoras.

Un excelente exponente, de origen vienés, es Gustav Klimt (1862–1918) que fue sin duda uno de los más importantes representantes del Simbolismo, de cuyas obras se podrían destacar El beso, El friso de Beethoven, Palas Atenea, Judith I, Las tres edades de la mujer, Nuda Veritas y Dánae. La mayoría de sus cuadros están cargados de un sentido lírico-decorativo y retratan a mujeres fatales, jóvenes, pelirrojas y sensuales.

Dentro de la región también encontramos a Carlos Schwabe, que es un pintor de gran imaginación para plasmar imágenes oníricas. Es precursor del modernismo. Nació en Altona, Holstein, pero siendo aún de corta edad se trasladó a Ginebra, Suiza. Tras estudiar en la École des Arts Décoratifs en Ginebra, se instaló en París, donde comenzó a frecuentar los círculos simbolistas. Sus pinturas solían ser sobre temas mitológicos y alegóricos; como artista esencialmente literario, ilustró muchos libros, entre otros: Le rêve (El sueño) de Émile Zola, Les Fleurs du mal (Las flores del mal) de Charles Baudelaire, Pelléas et Mélisande de Maurice Maeterlinck, L’Evangile de l’enfance de notre Seigneur Jésus-Christ selon Saint Pierre (El Evangelio de la infancia de Nuestro Señor Jesucristo según San Pedro) de Catulle Mendes y Jardin de l'infante de Albert Samain. Schwabe vivió el resto de su vida en Francia y murió en las afueras de París en 1926.

Podemos dedicar otras menciones a Leon Spilliaert, con La travesía, Edward Robert Hughes, un idilio de sueño, Herbert James Draper, Lamento de Ícaro, Franz von Stuck, con ll pecado, o Karl Wilhelm Diefenbach (1851–1913), un simbolista que encontró el lugar perfecto para su utopía en Capri.

En cuanto a España, encontramos a muchos representantes del simbolismo, como Joaquín Martínez de la Vega (1846-1905), un artista que conocía a los pintores nazarenos y prerrafaelitas y que en los últimos años de su vida, entre 1900 y 1905, inmerso en un mundo de alcohol y droga, realiza una serie de pasteles entre idealistas y decadentistas que se integran de pleno en el lenguaje simbolista europeo. Sin salir de  Andalucía podemos citar también las últimas obras, naturalezas muertas y desnudos femeninos, del granadino José María Rodríguez Acosta (1878-1941). Asimismo haremos referencia del madrileño Eduardo Chicharro (1873-1949), artista que se movería siempre dentro de la estela del simbolismo, del que destacaremos, en especial, el tríptico de Las tres esposas (1908) y La tentación de Buda (1922); los aragoneses Angel Díaz Domínguez (1879), autor de los lienzos que decoran el Casino Mercantil de Zaragoza (1914 y 1919) y Francisco Marín Bagüés (1879-1941) que enviaría, como pensionado en Roma por la Diputación de Zaragoza, un tríptico sobre Santa Isabel de Portugal, de clara resonancia prerrafaelita y muy próximo a Las Tres Esposas de Chicharro.

También tienen estos visos decorativos las primeras obras del asturiano Evaristo Valle (1873-1951) entre muchísimos otros artistas que es imposible enumerar. Y finalmente en una línea mucho más abiertamente decadentista, señalaremos la obra del artista cubano, famosísimo en su tiempo, que residió mucho tiempo en España y se afincó definitivamente en París, Federico Beltrán-Masses (18851949). Hay que tratar con cierto detalle al cordobés Julio Romero de Torres (1874-1930), por ser uno de los pintores que mejor definen la ambigüedad que domina todas las manifestaciones simbolistas. La fama popular que gozó en los últimos años de su vida y, especialmente, en los que siguieron a su muerte, le ha llevado a protagonizar una copla popular; el que recree los tópicos de una Andalucía doliente y, muy especialmente, por el erotismo de sus desnudos femeninos, ha llevado a perder la perspectiva suficiente para enjuiciar a un artista que encarna uno de los momentos más complejos del simbolismo. Y también a Néstor Martín-Fernández de la Torre, considerado el último simbolista, y que con él murió el simbolismo.

No podemos dejar de mencionar a la escuela de Pont-Aven. Desde 1873 la ciudad de Pont-Aven es frecuentada por los alumnos de la Escuela de Bellas Artes de París. En 1886 llega Gauguín y en 1888 se instala un grupo de pintores dispuestos a seguir sus enseñanzas al margen de la Academia. Participan en la exposición del Café Volpini en 1889. Ese mismo año, Gauguín marcha para Tahití y el grupo se desvanece.

Sus obras se caracterizan por el uso libre del color, pueden pintar la hierba azul o roja si así lo sienten, que se aplica en grandes manchas y con tintas planas. Utilizan el cloisonismo. El cloisonismo es una técnica desarrollada en la segunda mitad del siglo XIX por Émile Bernard, uno de los primeros integrantes de la Escuela de Pont Aven y por Gauguin. Su influencia procedía principalmente del japonismo y de Louis Anquetin.

El resultado es una obra muy decorativa. En esta forma de pintar ha influido mucho el conocimiento del arte primitivo y las estampas japonesas. Existe una voluntad de sintetizar las formas. Son una síntesis entre el estilo impresionista y el simbolista por lo que pueden ser considerados simbolistas, por su espíritu.

Entre los pintores más destacados de Pont-Aven están Emile Bernard, con su Bretones bailando en la pradera, Charles Laval, en su Autorretrato, Meijer de Haan, en Bretonas tejiendo cáñamo, Paul Sérusier con su Naturaleza muerta con escalera, Claude-Emile Schuffenecker, con Los acantilados de Concarneau, Cuno Amiet, Louis Anquetin y Roderic O’Connor.

Habría mucho más por escribir sobre el simbolismo, pero este post se ha alargado más de lo que tenía pensado inicialmente. Si creéis que os puede interesar, hacédmelo saber y nos ocupamos más a fondo, o tratamos otros aspectos del post impresionismo, como el puntillismo, por ejemplo, y otros estilos.

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