Acabo de pasar junto a la
parcela. El caballo estaba algo lejos, (la parcela no es demasiado grande),
pero ha venido derecho hacia mí, al verme. Antes he oído un suave relincho, como
la mayoría de los días.
Otras veces salta desde su zona
de descanso, al fondo, en la sombra, y viene al trote hacia mí. Siempre me llena de gozo.
Le doy su “merienda”, (generalmente pan tierno y una zanahoria fresca), y actúa
como si lo agradeciese. No conozco todavía el lenguaje de los caballos, pero quiero
imaginar que esos relinchos, esos movimientos de la cabeza o el venir al trote,
al verme son de alegría.
Desde luego que me transmite a mí
la alegría. A veces bajo a la calle, para pasear al perro, por ejemplo, y esos
saludos del caballo consiguen mejorar notablemente mi humor.
Y entonces recuerdo al
Principito, de Saint-Exupery, y sus maravillosas frases, que transcribo:
"Sólo se conoce lo que uno
domestica, dijo el zorro. Los hombres ya no tienen más tiempo de conocer nada.
Compran cosas ya hechas a los comerciantes. Pero como no existen comerciantes
de amigos, los hombres no tienen más amigos. Si quieres un amigo, ¡domestícame!
Qué hay que hacer ? – dijo el
principito.
Hay que ser muy paciente –
respondió el zorro. Te sentarás al principio más bien lejos de mí, así, en la
hierba. Yo te miraré de reojo y no dirás nada. El lenguaje es fuente de
malentendidos. Pero cada día podrás sentarte un poco más cerca...
Vendrás cada día a verme. Y mejor
si es siempre a la misma hora. Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la
tarde, ya desde las tres comenzaré a estar feliz. Cuanto más avance la hora,
más feliz me sentiré. Al llegar las cuatro, me agitaré y me inquietaré; ¡descubriré
el precio de la felicidad!"
Ya es la hora, me digo. Bajo a la
calle y oigo un relincho. Parece que tengo un amigo…

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