viernes, 14 de abril de 2017

El sueño de Yeray

Las campanas de alguna iglesia lejana llegaban hasta la ribera del río, donde los sauces llorones daban un aspecto fantástico al paisaje en la tarde otoñal.

El agua era clara y apacible. Más arriba los árboles, verdes, rojos y ocres, ofrecían un contraste encantador.

El entorno era tranquilo, la tarde sosegada y azul, el viento en calma, con el agua algo fría, pero no en exceso, produciendo una agradable sensación al tacto.

Los patos nadaban con su silencioso y suave movimiento, y como no se veían sus patas, parecían hermosos juguetes accionados por una fuerza invisible.

A pocos grados del declive del sol, la tarde en este apartado lugar se viste de nostalgia. Un suave viento mece los árboles, impregnando la cara y los labios de un polvo muy fino.

El siglo XXI hacía poco que había comenzado. Yeray meditaba en que vivir un cambio de siglo y de milenio, es todo un privilegio para los que hemos podido disfrutarlo, una vez despojados de los tabúes tradicionales que rodean a estos cambios.

Yeray es joven, alto y fuerte. Tiene una personalidad muy acusada, con tendencia al pragmatismo, tal vez por su educación tecnológica y su interacción con los ordenadores, que forman parte de su vida de forma casi constante, tanto en el trabajo como en sus horas de asueto. Vive en una gran ciudad, aunque le gusta evadirse y tomar contacto con la naturaleza, especialmente en compañía de su perro. 

Yeray recorre con su mirada en derredor todo lo que le rodea. Tan sólo montañas…A lo lejos llega a divisarse una carretera, como una liberación. Casi pareja con ella se traza una vía férrea, y cuando algún tren se acerca, su vibrar acompasado hace también vibrar su corazón.

En el iPod de Yeray suena una música tranquila, que no hace sino aumentar la nostalgia del alma. El sol ha descendido un poco más…la brisa a veces se calma, otras rompe la quietud de los árboles e hierbas secas, mientras la música sigue sonando…Pronto el sol se ocultará detrás de una montaña…

Yeray ha nacido en una isla, y le gusta el mar. Mientras se encuentra en aquel entorno montañoso, el agua del río le parece un pobre remedo del mar. El río no tiene olas, se dijo, mientras el azar hizo que una barca que pasaba algunos metros más allá produjese unas ondulaciones en el agua que le hace recordar las olas que solía ver en su isla. Yeray cerró los ojos un momento, envuelto en recuerdos.

Recordó varias escenas de este tipo a la orilla del mar. El sonido monótono pero altamente reparador de las olas que se estrellan en la arena, el millar de burbujas de agua salada que forman una alfombra blanca en la orilla por unos instantes, que se repite constantemente…

Con los ojos cerrados, llegó a sumergirse en ese recuerdo. Y lo hizo tan profundamente que casi se situaba allí, en la orilla del mar, bajo el ruido de las olas…

A muchos kilómetros de allí, en una isla, estaba Yaiza caminando hacia el mar, y también en su mente bullían los recuerdos.

Yaiza era una joven muy bella, con sus cabellos rubios, ojos claros y una figura esbelta, con senos firmes y en la proporción adecuada para enmarcar su belleza. Yaiza era soñadora, con un carácter dulce y espiritual, que admiraba la belleza de la naturaleza y amaba el mar. Casi sin darse cuenta, cerró sus hermosos ojos, casi soñando…

Yaiza estaba sentada junto a la orilla del mar cuando surgió del agua un enorme albatros que se posó en la arena, junto a ella. Yaiza estaba asombrada por su tamaño y elegancia cuando, sin que Yaiza se hubiese recuperado aún del impacto, el albatros le habló.

No te asombres, le dijo el albatros, soy el mensajero del amor remoto, y sé que tu mente está muy lejos de aquí, buscando a tu amor ideal. Súbete entre mis alas, sujétate a mis plumas y déjate llevar.

Así lo hizo Yaiza, que se vio transportada en un apacible vuelo a través de un agujero luminoso, a cuya salida se encontró en un valle, donde se encontraba Yeray, que parecía estar absorto en sus pensamientos. El albatros planeó hasta muy cerca de donde estaba Yeray, dejando a Yaiza en el monte, cerca del río, donde estaban los hermosos árboles multicolores, rodeando a Yeray.

¿Quién eres?, preguntó Yaiza al verle. Soy Yeray, le contestó, y pensaba en ti. ¿Cómo puede ser, si no me conoces?, le dijo ella.

Yeray respondió: En mis sueños estás tú, y sin saber quién eras, ya sentía amor por ti, deseos de conocerte y esperanza de lograrlo algún día. ¿No eres de por aquí, verdad?.

Entonces Yaiza le contó cómo mientras estaba en su isla, se le acercó un hermoso albatros, y diciéndole que era el mensajero de los amores remotos, le invitó a subirse encima, transportándole a la montaña en la que se encontraba Yeray. Y añadió: tal vez no me hubiese atrevido a contarte esta extraña historia si no fuese porque tú has visto el albatros, porque tu has visto el albatros, ¿no es así?.

Yeray le dijo que no, que la vio a ella de repente, sin saber por dónde había venido, pero que se había sentido feliz al verla, pareciendo como si la estuviese esperando desde siempre, como si ya la conociese.


Y el albatros gigante, que estaba bebiendo en el río, apareció  junto a ellos…

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